VIVIR DESPACIO ME PERMITE PROFUNDIZAR

VIVIR DESPACIO ME PERMITE PROFUNDIZAR

En los últimos años vengo observando un aspecto sumamente interesante que hoy quiero compartir.

Cuando, por alguna circunstancia, muevo mi cuerpo lentamente, cuando en un momento concreto realizo despacio una acción… mi nivel de ansiedad disminuye y siento por dentro un estado de satisfacción mayor al habitual.

   Porque, en mi caso, lo habitual o automático es ir con prisa. Esto no es así en todas las personas pero estoy segura de que, en la sociedad actual, nos pasa a muchas personas.

  Mover mi cuerpo deprisa, saltando de una acción a otra con la mente volada un metro (o un minuto) por delante del cuerpo, es lo que vengo haciendo durante muchos años.

   Y esta forma (en este caso aprendida pues, según cuenta mi madre, de niña yo no tenía impresa la prisa en mis maneras) hace que mi nivel de ansiedad suba.

Es como si continuamente desde los músculos estuviera enviando a mi sistema nervioso el siguiente mensaje “date prisa, hay una urgencia”.

   De modo que mi obediente sistema nervioso se mantiene en Alerta Constante. Porque esa prisa es un hábito. Así que vivir en estado de urgencia y alerta constante, es un hábito. Y ello es, de forma muy real, agotador.

   Por suerte en varias ocasiones una circunstancia aparentemente negativa (como un accidente, una lesión o enfermedad o una intervención quirúrgica) me ha obligado a ir despacio. Cuando estoy débil y vulnerable, cuando no tengo más energía, tengo que moverme lento.

   Y es tanto y tan bonito el aprendizaje en esos momentos que quiero que se quede conmigo para siempre, también cuando tengo energía y estoy bien.

   Cuando me muevo lento, cuando voy despacio no hay urgencia, entonces una gran parte de la ansiedad se normaliza. El sistema nervioso percibe “oh todo está en calma, no hay peligro”.

   De ese modo puedo comer solo lo que necesito según mi hambre física o fisiológica, y respetar así mi estómago o mi cuerpo.

   De ese modo puedo gastar solo la energía necesaria para cada acción, sin derrochar ese plus de esfuerzo extra que mis músculos ponen cuando hay un peligro percibido.

   De ese modo puedo estar presente de verdad aquí y ahora, con la mente dentro del cuerpo, integrada y plena.

Por eso, vivir despacio me permite profundizar.

   Cuando no hay urgencia puedo sentir con calma cada momento, cada sensación, cada palabra o textura.

   Cuando, en sesión de terapia con una niña o un niño con el que vemos necesario trabajar para rebajar el estado de ansiedad, le propongo a veces jugar “al botón de cámara lenta”. Buscamos por el cuerpo dónde está el botón, que a veces se encuentra en el ombligo, otras en la nariz o la frente, etc. y lo pulsamos. De ese modo cada vez que pulsamos este botón nos movemos a cámara lenta, haciendo que sucedan cosas diversas, por ejemplo que la ansiedad atrapada en el cuerpo encuentre un medio alternativo para salir, como puede ser la risa, la voz, el llanto o ciertos movimientos del cuerpo novedosos y alternativos al movimiento estereotipado de hacer las cosas rápido.

   Lo que siento es que al ir despacio damos tiempo y espacio para estar presentes en el cuerpo de un modo más pleno, para mí y también para el otro.

   No quiero decir con ello, que “siempre hay que ir lento” (ya sabéis que no gusto de “las recetas”). Hay personas que necesitan accionar con impulso, energía e ilusión, y eso es lo que les compensa. Y hay sin duda momentos en los que necesito ir deprisa, reaccionar con agilidad o coger al vuelo “un tren que pasa”.

   Otras muchas personas (entre las que me incluyo) o en otros tantos momentos, necesitaremos accionar lento. Porque mover mi cuerpo despacio me ayuda a sentir la vida en profundidad, y ello aporta una real y concreta satisfacción.

   Te reto a hacer micro-ejercicios en este sentido.

   Trata de mover despacio tu cuerpo mientras cepillas tus dientes, cuando coges un plato del estante o mientras caminas hacia el balcón. Es sencillo, solo prueba a accionar el “modo cámara lenta” para ponerte los calcetines o mientras comes una cucharada de esa deliciosa crema de calabaza. Y cuéntame cómo se siente o qué te ha sucedido en el intento.

   Teniendo en cuenta la velocidad que toman los nuevos tiempos, vaya hoy, a modo de bálsamo compensatorio, mi elogio a la Lentitud.

ELEGIR LA INFORMACIÓN

ELEGIR LA INFORMACIÓN

  En la actualidad vivimos, como bien es sabido, en la llamada sociedad de la información.

  Especialmente importante es por tanto y sobre todo en el momento actual, la atención a la información que vamos a consumir.

  Elegir cuidadosamente las palabras que leemos, pensamos y decimos es esencial.

  Del mismo modo que elegimos los alimentos con los que vamos a nutrir nuestro cuerpo, tenemos la posibilidad de escoger las palabras con las que vamos a alimentar nuestra mente.

  Con esas palabras haremos conceptos, ideas y creencias, con los que a su vez, determinaremos el signo de nuestras emociones y sentimientos.

  Tanto lo que pensamos como lo que sentimos afecta de modo decisivo a nuestra salud global, por ello siempre que puedo escojo con conciencia y cuidado cada palabra que voy a escuchar, leer, pensar o decir.

  De modo que el alimento de mi cuerpo mental y emocional esté libre de tóxicos y sea nutritivo.

  De las palabras que consumo pretendo extraer calma, confianza, realidad, cuidado, protección y es suma, amor.

¿CÓMO SÉ QUÉ PALABRAS SON LAS QUE ME SIENTAN BIEN?

  Para distinguir la información que me lleva al miedo de aquella que me aporta realismo y protección a la vez que me permite conservar la serenidad, lo que hago es prestar atención a mis sentimientos y emociones.

  ¿Cómo me siento después de leer esta noticia?

  Por ejemplo: veo un vídeo que acabo de recibir a través de Whatsapp e inmediatamente después llevo mi atención hacia dentro, me observo unos instantes con los ojos cerrados y me pregunto ‘¿cómo me siento ahora?’ ‘¿qué sensaciones físicas tengo en el cuerpo, por fuera o por el interior?’.

  A veces identifico un sentimiento de seguridad, esperanza o alegría, otras percibo miedo, incertidumbre o tristeza, y en otras ocasiones no lo sé.

  Aún si la sensación es confusa y no distingo lo que siento, observo.

  Cultivo el arte de observarme.

  ¿Puedo sentir mi corazón? ¿cómo está? ¿cómo es ahora mi respiración? ¿siento frío o calor? ¿acaso hormigueo? ¿Cómo está la energía que se mueve por mi cuerpo?

  Mi objetivo es solo sentir esas sensaciones, no intento hacer nada para cambiarlas, solo quiero ver, sentir, saber.

  No decido si son buenas o malas ni si deberían irse.

  Únicamente escucho.

  Siento y respiro, poniendo una atención neutra, como si pensara: “ah mira, aquí está mi corazón latiendo fuerte y rápido, parece que está asustado”.

  De ese modo y poco a poco, voy pudiendo saber cómo le está sentando a mi cuerpo esas palabras que acabo de leer, ver o escuchar, de qué tipo son las sensaciones que tengo tras consumir ese bocado de información.

  Precisamente te estoy hablando de uno de los entrenamientos más interesantes y útiles que haremos en terapia: aprender a escucharte.

  Porque saberte, conocerte, es lo que te da poder.