Posturas percibidas

Posturas percibidas

Durante el trabajo en sesión individual de terapia psicológica introduzco como recurso de gran valor ese estado que me gusta llamar, de reposo consciente. Hablo del, cada vez más conocido estado meditativo.

Se trata de un estado que combina en perfecta medida el reposo profundo con la atención despierta, es decir, la persona está inmóvil a nivel físico y mantiene a la par una actitud de alerta relajada en el plano mental-emocional.

Cuando guío a la persona para entrar en este tipo de estado de la conciencia, sucede en ocasiones y con el paso de los minutos que su propiocepción se difumina o se modifica por completo.

La propiocepción es la capacidad que tiene el cerebro de saber en qué postura está cada parte del cuerpo sin necesidad de verla con los ojos, es decir, la percepción interna o registro automático de la postura corporal. Esta función es básica y nos permite, por ejemplo, caminar sin caernos y sin necesidad de mirar los pies.

En ocasiones decía, en ese estado de profundo reposo la percepción del cuerpo cambia, es decir, aparece la percepción de una postura corporal que sustituye y reemplaza a la postura física “real” (la que yo estoy viendo en la persona desde el otro sillón). Y esto resulta, a priori, extraño. Voy a poner un ejemplo:

– Un cliente está sentado en la butaca con las manos sobre los muslos y, a medida que va entrando en el estado de quietud la percepción que tiene de los dedos de su mano derecha se modifica, es decir, nota sus dedos en otra postura. Los dedos físicos no han cambiado de postura, pero él percibe internamente y con los ojos cerrados sus dedos en otra postura diferente.

La postura percibida es habitualmente nítida, intensa y puede ir acompañada de sensaciones como rigidez, tensión, frío o dolor.

Por ejemplo, la mano física descansa sobre el muslo y a la vez la persona está percibiendo sus dedos elevados y contraídos en forma de garra.

Desde mi hipótesis, lo que está registrando la persona a nivel propioceptivo son los dedos energéticos, esto es, el cuerpo energético que rodea su cuerpo físico. Y sus “dedos energéticos” tienen en este momento una determinada postura que difiere de la del plano físico. Si la persona mueve siquiera muy levemente uno de los dedos, la percepción modificada desaparece e inmediatamente nota la postura de sus dedos físicos, volviendo súbitamente al presente.

Cuando ese día y en ese momento se dan las condiciones para que, juntos la persona y yo, tomemos dicha percepción y ahondemos en ella, la información que va revelándose me permite guiar el trabajo de forma interesante y útil para el proceso terapéutico. Ya que esa percepción que la persona está recibiendo (normalmente de forma clara y precisa) desde una parte concreta de su cuerpo, está diciéndonos algo. Algo que tiene que ver con lo que hay guardado en su cuerpo. Algo que ahora puede ser escuchado, siendo esencial en este delicado trabajo que yo, como profesional, entienda de verdad (y no solo sepa) de qué modos en el cuerpo se guarda todo.

MINDFULNESS II

MINDFULNESS II

   La capacidad de mantener un estado de concentración pleno, sin distracción, consiste en sostener la atención.

   Entonces soy capaz de alcanzar el estado de completo equilibrio para la conciencia, libre de restricciones de sí misma y libre del tiempo y del espacio. A dicho estado le podemos llamar también autorrealización, plenitud o integridad.

   Con la práctica de la atención sostenida voy siendo cada vez más consciente de lo que siento, de cómo me muevo, de los pensamientos que cruzan por la mente o de cómo respondo ante las diversas situaciones cotidianas.

   Cuando afronto esta práctica con una actitud abierta, con curiosidad e interés y a la vez desde la aceptación y compasión de mi misma y de todo aquello que hago o me sucede, el camino suele tornarse amable y fructífero.

   El primer paso es observar la mente, que está en constante movimiento, divagando pues esa es su naturaleza. Observo sin intentar cambiarla, sin pedirle que sea de otro modo, sin rechazo, aceptando cómo ella es. Solo la observo desde otro lugar de mí, que es la conciencia.

   Como si yo, padre o madre, observo a una hija o hijo alocado e inquieto y, sin querer que sea de otro modo, aceptándola tal y como es, con esa paciencia infinita que da el amor, respiro y sonrío.

   Mi actitud e intención son claves. Para trabajar la atención puedo por ejemplo concentrarme en algo concreto, como mi propia respiración o la llama de una vela.

   Anclando mi atención en ese foco percibo ahora mi postura corporal y empleo ejercicios para entrenar la atención de cada una de las sensaciones que recorren mi cuerpo.

   Una y otra vez la atención se dispersa, una y mil veces, con infinita dulzura traigo de nuevo la atención a mi respiración.

  Como cuando, acompañando a un bebé que aprende a andar, lo conduzco de nuevo sobre el camino.

   Cuando practico mindfulness de manera informal, puedo jugar llevando a cabo tareas diarias de forma atenta, rompiendo la rutina diaria.

Por ejemplo, dar vueltas al café con la mano izquierda es como pellizcar la atención, de pronto la tarea es nueva y no puedo hacerla en automático, lo que, además de interesante, puede resultar divertido.

   Estos juegos y prácticas ayudan a detectar hábitos y rutinas que quizá queremos revisar o equilibrar.

Cualquier lugar o momento es propicio para conectar lo que pienso, siento y hago, la ducha, una comida,

etc.

   Experimentar la vida en plenitud es un objetivo grande y noble, también a mi juicio, sumamente placentero, por eso este tipo de entrenamiento de la atención es siempre un eje de base en la terapia que ofrezco.