En muchas ocasiones me sorprendo a mí misma castigándome.
Cuando lo he hecho mal, si he metido la pata o la he cagado con alguien o con algo. Cuando rompo un objeto o se me olvida una cosa que debía llevar, si le he dado un golpe al coche, etc.
El castigo puede ser fuerte y explícito, como por ejemplo estallar en insultos hacia mí misma del tipo “¡seré tonta!”, “si es que soy una imbécil, ¡¿quién me mandaría a mí?!”
También puede ser más sutil, velado y casi invisible, pero real en su efecto, como por ejemplo activar el sentimiento de culpa y hacerme sentir mal durante unas horas.
Pero la herramienta del castigo no solo se activa cuando, de forma evidente, hemos hecho algo mal, sino que tiende a aparecer también cada vez que no soy la que “debería” o “quiero”, es decir, cuando no llego a cumplir mis exigencias o las de otros.
Por ejemplo, si me pongo enferma, cuando no tengo más energía, ante mi cuerpo gordo o demasiado delgado, cuando un hijo tiene un problema, etc.
El castigo interiorizado y autoinfligido adopta numerosas y variadas formas.
A veces es extremo y llamativo, como cuando una joven, sintiendo un fuerte rechazo hacia su cuerpo, realiza cortes con el cúter en su muslo o antebrazo. Otras, el castigo es un cierto sentimiento de malestar que se lleva a hombros, como una mochila, durante décadas.
Comer más de lo que necesito, o no comer. Fumar.
Permanecer en una relación afectiva de maltrato. Quedarte en ese trabajo donde nadie te valora.
Etc.
Todo ello puede tener que ver con el castigo a ti mismo, a ti misma.
Lo que sobre todo quiero decirte es que es normal que te pase esto, pues el castigo es una herramienta que nos han enseñado.
De niñas y niños nos han castigado en numerosas ocasiones y de variadas maneras, y eso es una realidad. Muchas veces el castigo era el enfado “si no haces eso me enfado contigo”.
Es importante entender que los padres, madres, profesores y demás adultos con poder sobre la vida de un niño están haciendo lo mejor que pueden, están usando las herramientas que tienen.
Es así mismo importante llegar a ver que para un niño es muy grave que ese adulto se enfade, esto de verdad aterroriza a un niño y aquí quiero pedirte un esfuerzo de apertura mental y comprensión, más allá de tus miedos y defensas.
Cuando un adulto se enfada con un niño le está retirando el afecto. El amor de los adultos a los niños es vital para su desarrollo, tanto es así que hay espeluznantes estudios, experimentos e investigaciones psicológicas que demuestran como los bebés llegan a morir sin muestras de afecto, aunque se les alimente y se les bañe.
Los niños no solo desean, sino necesitan que los adultos de los que dependen para sobrevivir estén contento con ellos, es decir, les quieran.
El amor que hemos recibido y el que damos es condicionado. Se condiciona a cómo te comportas, lo que haces o no haces y si eres el hijo que yo deseo o espero que seas. Si eres como yo quiero te amo, si no, me enfado, es decir, no te quiero durante un tiempo.
¿Te das cuenta de la gravedad?
Con el tiempo, a medida que vamos creciendo llegamos a entender que nuestra madre no deja de querernos cuando se enfada, pero este conocimiento es mental y teórico, porque la vivencia, de verdad integrada en las células, las experiencias anteriores, cuando yo tenía, por ejemplo 7 años y no entendía nada nivel racional son otras.
Cuando crezco los modelos de autoridad se interiorizan, ahora tengo mi propia madre o padre internos, parte de la psique desde la que me gobierno. Esa parte adulta y cuidadora desde la que ejerzo autoridad hacia mí misma tiene, en principio y antes de una revisión consciente o un trabajo de transformación, las características de los modelos que tuve.
De modo que aprendo, aprendes, aprendemos a querernos de forma condicionada.
No tengo amor incondicional hacia mí misma, porque nadie me lo ha dado/enseñado. Sé o puedo amarme solo cuando me porto bien, cuando soy la que quiero ser y consigo todo lo que hay que conseguir.
Volviendo a los modelos, quiero remarcar que no se trata de juzgar ni de culpar. Se trata de entender, al adulto que tuve, al que soy, al niño que fui y llevo dentro o a la niña que tengo ahora delante.
Casi siempre los adultos lo hicieron desde la idea de que el castigo sirve para enseñar. Es así como el castigo pasa a interiorizarse como una estrategia de aprendizaje.
Y, para rizar el rizo, no solo hemos recibido castigos, sino que también o incluso diría sobre todo, hemos visto a nuestros padres y madres castigarse a sí mismos cada vez que algo “salía mal”, pues es esta una herramienta que tiene muchos siglos de vida.
De modo que: recibimos el castigo, lo interiorizamos, lo aplicamos de forma inconsciente con nosotros o nosotras mismas y, cuando no hemos tenido ocasión de revisarlo desde la conciencia, lo más normal es que lo apliquemos también con otras personas.
De forma especial sucede que castigamos a otros cuando están por debajo de nosotros en la jerarquía de poder (un hijo, un alumno, un subordinado en el trabajo…)
Pero es bien visible que sucede en todo tipo de relaciones, ya que también castigamos o somos castigados por la pareja, un amigo, etc.
Si bien es cierto que observo cómo el grado o la intensidad con que se aplica el método del castigo suele ser mayor sobre uno mismo que hacia los demás.
Y, como ya puedes entender, muchas veces el castigo es “solo” la retirada de afecto. No te hablo, no te miro, me enfado contigo.
La retirada del amor es un castigo brutal, pues nos hace entrar automáticamente en el miedo y desde ahí, gobernar la vida se vuelve complicado.
Es importante para mi entender que cuando una herramienta se ha aplicado durante siglos es porque ha servido, no quiero negar el valor práctico que el castigo ha tenido o pueda tener como método de enseñanza y aprendizaje.
Lo que sí quiero es, en este momento de la historia, mostrar dos cosas:
– una es ya, a estas alturas, obvia: el castigo produce un daño, siendo éste físico, moral, emocional o psicológico.
Puede enseñar cosas pero es siempre a través del miedo, pues el castigo puede, en el mejor de los casos enseñar a la persona el miedo suficiente para buscar la forma de evitar el castigo.
En otras lo máximo que consigo hacer es bloquearme al punto de no poder dar nada de mí.
Si bien, lo cierto es que nunca, en ningún caso permite el aprendizaje real, integrado y significativo, basado en la propia experimentación, comprobación y validación de lo que se aprende.
– siento y creo de verdad con el corazón que en muchas ocasiones no necesitamos ya esta estrategia, porque tenemos otras nuevas.
Esta posibilidad me permite agradecer a la vieja herramienta por sus servicios prestados y a continuación soltarla, dejándola a un lado para tomar la herramienta nueva, con la que podré hacer el mismo trabajo de forma más fácil, más amable.
Con todo y a la vista de la complejidad del tema pongo el énfasis en que, desde mi punto de vista lo esencial es el proceso de trabajo o aprendizaje a través del cual dejo de castigarme a mí.
Porque sin duda, cuando yo no permito ese trato hacia mí no puedo de ninguna forma hacerlo a otro. Quiero transmitirte que, aunque a veces no es este un aprendizaje sencillo o rápido, puedes hacer el trabajo.
Las consecuencias son tan grandes que atravesarán tu vida entera, desde dentro y hacia fuera, llevando tus relaciones a puntos de calidad que aún no imaginas.
Sé que se puede trabajar en ello, porque lo veo en mí y en tantas personas a las que he tenido y tengo el placer de acompañar.
De corazón creo que quizá ya es posible y de verdad siento que nos merecemos otro trato.
Un trato amable y amoroso, para cuidarte y respetarte.
Ahora, tienes permiso para hablarte con cariño.
Ahora puedes aprender nuevas y valiosas herramientas. Te enseño.
